No es frecuente encontrar en los medios de comunicación ni en la vida publica las palabras honor, decencia, responsabilidad (no como arma arrojadiza), dignidad o seriedad (que no es lo mismo que aburrimiento).
Intentad acordaros de la última vez que la leísteis o que la pronunciasteis... dignidad, decencia, honradez no son valoradas, ni publicadas.
No estoy hablando de tribunales de honor, ni duelos al amanecer o gilipolleces varias que siempre han ido asociadas a la palabra honor.
Estoy hablando de responsabilidad, de dar valor a tu palabra, de seriedad, de honradez.
Para mi, solo los hombres libres tienen palabra; los esclavos, los lacayos serviles no; tan solo los hombres libres y estos lo son cuando su palabra es respetada, en primer lugar, por ellos mismos, porque...¿ que valor puede tener una palabra que no es respetada ni por su emisor?.
Soy hombre de comercio, mi palabra tiene valor, por que la doy y la cumplo; eso es importante para mi, es dignidad y ser responsable con lo que haces, aparte de ser inversión de futuro.
Por eso no me gustan los cantamañanas que siempre me recuerdan que tiene palabra, una vez en Aranda a un gilipollas le dije: "poco valdrá, cuando tanto la defiendes"...porque la gente de Palabra, no la defiende constantemente, la tiene y punto, como el que es alto no necesita estar repitiéndolo continuamente...No les aguanto, piensan que todos son como ellos...
Por eso me gusta leer historias como las de aqui abajo, de gente consecuente, responsable y como dice el titulo DECENTE.
He titulado la entrada Manuel Calderon, porque merece que este en internet como ejemplo, porque seguramente en este país de gasolineras, príncipes, trajes y demás parafernalia, don Manuel Calderón no sera conocido.
Aqui os la dejo la historia muy resumida por un profesional, sinceramente es de lo mejor que he leído desde hace mucho tiempo, sino podéis verla ahora pasad más tarde es muy buena, espero que a vosotros tambien os guste...
Patente de corso (Don Arturo Pérez Reverte)
Un marino decente
XLSemanal - 09/1/2012
Hace tiempo que no tecleo en plan abuelito Cebolleta, contando alguna peripecia histórica. Así que refrescaré una que, en realidad, es epílogo de otra que ya referí hace tres años -Un gudari de Cartagena- sobre el combate del pesquero armado republicano Nabarra con el crucero nacional Canarias durante la Guerra Civil. La acción tuvo lugar cerca del cabo Machichaco; y como señalé en su momento, es mi episodio favorito de la historia naval española del siglo XX. Lo que voy a contarles quizá contribuya a aclarar por qué.
El 5 de marzo de 1937, durante una acción contra un pequeño convoy republicano, las 13.000 toneladas y las cuatro torres dobles del Canarias, capaces de disparar proyectiles de 113 kilos, se enfrentaron a un humilde bacaladero de la Euzkadiko Gudontzidia -ikurriña en la proa y bandera española con franja morada a popa- armado con sólo dos cañones de 101.6 milímetros. El combate fue brutal y sangriento: durante una hora, maniobrando con tenacidad suicida entre una fuerte marejada, el comandante del Nabarra, Enrique Moreno Plaza, un murciano al que la Enciclopedia Auñamendi llama «marino vasco nacido en la Unión» -confirmando, como dice mi amigo el marino y escritor Luis Jar, que los vascos nacen donde les da la gana-, y los cuarenta y ocho hombres de la dotación, lograron arrimarse lo bastante al crucero enemigo para sostener un combate que sus propios adversarios, en el parte oficial, calificarían de «eficaz y admirable». Y al fin, en llamas, sin arriar bandera, el pequeño Nabarra se hundió con treinta hombres a bordo -imposible compararlos con los miserables que hoy se llaman a sí mismos gudaris-, incluido el comandante. Con ellos murió también el cocinero, Pedro Elguezábal, que mientras se iban a pique, animado por una botella de coñac, enseñaba al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: «Venid si tenéis huevos, cabrones».
Ésa es la historia que conté hace tres años, aunque en folio y medio no me cabía el epílogo. Uno de esos adversarios que calificaron de eficaz y admirable la hazaña del humilde Nabarra fue el tercer comandante del Canarias, Manuel Calderón. Y ese marino de la escuadra nacional demostró, con su comportamiento tras el combate, una admiración por la valentía del enemigo derrotado, una compasión y una calidad humana que situaron en el mismo plano de grandeza moral, quizá por única vez en la sucia historia de nuestra Guerra Civil, a vencedores y vencidos; sobre todo en lo que se refiere al aspecto naval del conflicto, donde la saña de unos y otros desbordó la infamia, con asesinatos masivos de oficiales en la zona republicana y con una despiadada aplicación de la pena de muerte por parte de los tribunales franquistas a los marinos, mercantes o de guerra, capturados al bando enemigo. Ése fue el caso de los diecinueve supervivientes del Nabarra, que fueron condenados a muerte tras su desembarco y prisión. Y si no se cumplió la sentencia fue gracias a los esfuerzos del comandante del Canarias, capitán de navío Moreno, y sobre todo al tesón de su tercero, el capitán de corbeta Calderón, que removió cielo y tierra para salvar la vida de los vencidos. Calderón llegó al extremo de pedir una entrevista con el general Franco, en la que argumentó: «Esos hombres son unos héroes, y los héroes merecen vivir». Tanto insistió una y otra vez en alabar el valor de aquellos diecinueve marinos, que para quitárselo de encima Franco acabó concediendo el indulto y la liberación inmediata de todos ellos. «Sáquelos de la cárcel -fueron sus palabras exactas-. Y luego invítelos a comer chipirones. Pero pague usted de su bolsillo».
Hubo algo más que chipirones. Porque Manuel Calderón siguió velando el resto de su vida por los supervivientes del Nabarra. Buscó trabajo a unos, recomendó a otros y protegió a todos para que no sufrieran represalias. Al marinero Lahoz le avaló un crédito bancario, al segundo oficial Olaveaga lo ayudó a obtener el título de capitán de la marina mercante, y cuando supo que al telegrafista Cahué le negaban trabajo en Baracaldo por sus antecedentes políticos, se presentó allí de uniforme, convocó al alcalde y al comandante de la Guardia Civil, y dijo que al día siguiente quería ver a Cahué trabajando. Fue Manuel Calderón, en suma, un marino decente y un hombre de honor. Con más gente como él, la suerte de la infeliz España habría sido entonces, y aún ahora, más afortunada de lo que fue y de lo que es. La prueba de que los hombres del Nabarra le profesaron idéntica lealtad y aprecio es que cuando Calderón, soltero y sin hijos, murió en 1979 en una residencia de ancianos, sus antiguos enemigos en el combate de cabo Machichaco lo habían hecho padrino de treinta y dos hijos y nietos.
Que Fortuna nos propicie dignidad.
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La palabra "decente" me gusta mucho pero, hacen falta indecentes para atisbar a los decentes? pienso que hay una lucha callada en eso llena de oportunidades para el decente, podríamos llamarla suerte también...suerte de poder tener la oportunidad de obrar así y eso no convierte a los demás en indecentes...
ResponderEliminarOlvidé saludarte, pero es que como te leo a menudo yo no tengo la sensación de que haya pasado mucho tiempo sin hacerlo :D
ResponderEliminarPero para tí sí, así pues, un saludo Temu.
Hola Temu, mi padre siempre me decía, "que cuando uno da su palabra va a misa" así que me lo inculcó y sigo valorando la palabra y a las personas que la tienen.
ResponderEliminarFrancamente es difícil encontrar quien la tenga con valor, ya sabes: donde digo, digo, digo Diego.
Un abrazo
No conocía la historial.
ResponderEliminarRealmente admirable su actitud.
Saludos.
La Palabra para mi tiene tanta importancia como un contrato escrito. Por eso es bueno medirla y pensar lo que se promete y compromete. Eso y un apretón de manos mirándose a los ojos es lo que ha utilizado la humanidad durante siglos. Ahora parece que las cosas y las personas han cambiado.
ResponderEliminarAlguien dijo que la Palabra es el hombre.
Y si no usamos las palabras, ¿Cómo se puede saber lo que pensamos?
Tu amigo Calderón no necesitó de ningún papel escrito ni de ningún notario para ir con "su" palabra hasta el final.
Y eso le hizo un gran tipo.
Palabra de Honor.
Mi querido Temu lamentablemente hoy por hoy la palabra no tiene ningún valor, ni siquiera el documento escrito, pues hecha la ley hecha la trampa.
ResponderEliminarQuedan muy pocos hombres de honor y admirables como Manuel Calderón del que nos hablas. Muy buen post.
Besos mágicos y Feliz Año
Me encantó esta entrada. Me recuerda eso de "El valor de la palabra empeñada como fuente de poder y ventaja." El cumplimiento de la palabra dada nos da poder y ventaja. Es nuestra fortaleza
ResponderEliminarFeliz 2012!
Gemma, decencia y decente, son palabras con fuerza, que dicen mucho de las personas a las que son atribuidas. Un mal uso de esta palabra como por ejemplo llamar indecente a una falda corta a las mujeres, han hecho que pierdan uno y significado. También, el panorama actual de la historia cercana de este país, ha hecho que estén mejor vistos los del pelotazo que la gente honrada y decente, de la cual en este país no carecemos, pero tampoco valoramos..
ResponderEliminarPor cieto, me halaga que me leas a pesar de mis "palabros".. Un saludo.
ResponderEliminarAbilio, hay mucha gente seria pero se valora más el chanchullo y el trafulleo. Una cosa es ser serio y otra muy diferente ser aburrido, que no es lo mismo.
ResponderEliminarToro, un señor.
ResponderEliminarAtapuerques, la palabra se da cuando es necesario y se puede cumplir; si es mejor estarse callado o hablar del tiempo.
ResponderEliminarAnnie, dicen los gitanos "tengas pleitos y los ganares" con eso queda todo dicho. Creo que con más seriedad sobran abogados y leyes, necesitamos más humanidad y menos juzgados.
ResponderEliminarMarylin. Cumplir la palabra y ser gente digna, es una satisfacción que no se puede comprar..
ResponderEliminarPues sí, a veces un apretón de manos vale más que un contrato, pero solo a veces.
ResponderEliminarBesos.
Yo creo que lo de este hombre TEMU, no tiene nada que ver con decente, ni indecente...
ResponderEliminarTienes razón, merecía la pena leer su historia, creo que no conozco ninguna así. Creo no, estoy segura.
Para mi padre este hombre sería ¡¡TODO UN TIPO!! para mi...¡¡UN CIELAZO DE TIPO!! gracias, me ha encantado.
Un beso TEMU
Algo va mal cuando tenemos que elevar a categoría heroica lo que es simplemente pura elección de conciencia.
ResponderEliminarYa no se estila este tipo de comportamientos. Demasiado elegantes. Ahora la filosofía imperante es la del "sálvese quien pueda" a todos los niveles.
ResponderEliminarMaria, este señor era un hombre, de pies a cabeza, un caballero aunque esta palabra tampoco este de moda...
ResponderEliminarBlue, lops contratos sin buena fe de poco sirven. Yo por lo menos no firmo contratos si de antemano supongo o intuyo mala fé, los juicios solo benefician a los abogados, a nadie más. Justicia, ni esta ni se la espera..
ResponderEliminarDocto Krapp, lo que aquí propongo no es elevarlo a categoría de héroe sino que todos intentemos, en nuestro pequeño mundo, imitar conductas como estas, nos ahorraríamos mucho, pero mucho..
ResponderEliminarPaseante ahi has dado en el clavo, el egoismo de la limosna, la ausencia de justicia, la falta de implicación, eso es lo que jode una sociedad...
ResponderEliminarPues sí, pater, los valores de siempre hoy son extrordinarios. Aquellos valores que son inherentes al fondo de cada persona ya no puntúan, han sido desbancados por lo que tenemos. El "tener" prima más que el "ser". Así de triste es esto
ResponderEliminarUn beso, Temu
Novicia, resumiendo, hay mucho gilipollas... ¿a que si?..
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